El precio de la financiación se acerca al óptimo

El Tesoro encadena ya unos cuantos meses marcando mínimos decrecientes en los tipos de interés a los que logra colocar la deuda a los distintos plazos, y con una demanda creciente en todos los títulos. Detacta además, en las giras internacionales para explicar la estrategia del organismo, una gran demanda de valores a plazos largos, más dilatados incluso de los que acostumbra a emitir España, en lo que es la mejor señal de confianza en la solvencia de la economía española en los mercados internacionales. Como recordaba el director general del Tesoro, Iñigo Fernández de Mesa, en este periódico, los inversores demandan incluso un bono a cincuenta años emitido por alguien que se ha convertido en un territorio refugio ante la retirada de estímulos monetarios en EE UU. Rentabilidad sugerente y seguridad creciente.

Ya la semana pasada la rentabilidad del bono a cinco años, un título que ha ido desplazando poco a poco a los plazos más cortos que han sido intencionadamente abandonados para relajar los calendarios de refinanciación, marcó valores inferiores a los que registró el bono de igual plazo en los EE UU. Y esta misma semana, con la prima de riesgo cerca de los 160 puntos básicos respecto al bono alemán, los títulos emitidos a diez años se cambian en el secundario a un tipo que se acerca lentamente al 3%, y puede colocarse en los mínimos de la historia para este tipo de deuda emitida por España en euros: 2,98% en el mes de septiembre de 2005.

Si tal nivel de tipos en la deuda a diez años, que ha sido siempre la referencia de precio para la financiación de la economía privada, era bueno para mantener un crecimiento aceptable antes de la crisis, no deberaía haber dejado de serlo. Solo la situación de la banca y la política excesivamente preventiva en la concesión de crédito, junto con una disposición gibarizada de la demanda a pedir nueva financiación, puede explicar la diferencia.

Tipos nominales del 3% en la deuda deberían traducirse en rentabilidades similares para la financiación de las grandes empresas, tal como se demuestra cada día en las emisiones de las compañías y de la banca, y en tipos con diferenciales adicionales razonables para el resto de los proyectos económicos. Los grandes programas de extensión del crédito a pymes que casi todas las entidades financieras españolas han puesto en marcha en los primeros meses de este año deben tener su correlato con la concesión creciente de crédito nuevo a ese colectivo empresarial, que debe comenzar a notar en la demanda un incremento del negocio. Hay que empezar a pensar que las reducciones nominales de los tipos de financiación mayorista serán ya muy modestas, y que oferta y demanda financieras deben acostumbrarse a que estos tipos, los actuales, pueden estar cerca ya del óptimo con el que hay que trabajar en el medio plazo.

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