El castigo bíblico a Grecia cumple cinco años

Criarse entre algodones tiene sus riesgos, como perder de vista las amenazas que acechan a la vuelta de una esquina aparentemente inofensiva. George Papandreu lo comprobó tras una vida de exilio dorado en Suecia y EE UU que le permitió llegar en 2009 a la presidencia del gobierno de Grecia hablando mejor inglés que la lengua de su propio país.

Nada más culminar su carrera política, Papandreu cometió un error de cálculo que condenó a Grecia a un desplome del PIB del 25%, una caída que solo tiene precedentes en países en guerra.

El último eslabón de una de las dos dinastías que llevaron al país heleno a la bancarrota jamás pensó que el mundo se le caería encima por anunciar, nada más tomar posesión, que las cifras de déficit público comunicadas por Atenas a Bruselas eran una ficción de proporciones homéricas. Pero así fue y le costó el puesto solo dos años después. Una dimisión que probablemente, puso fin a su brillante carrera política y diplomática.

Su antecesor en el cargo, Kostas Karamanlis, el estertor de la otra dinastía cómplice, incluso tuvo que retirarse discreta y temporalmente del país porque hasta en los restaurantes más caros de la capital griega se exponía a ser insultado por sus compatriotas.

La tremenda recesión, iniciada en 2008 y agravada por el anuncio de Papandreu, ha durado seis años y Grecia solo ha empezado a salir este año, con un crecimiento del 0,8% en el primer trimestre y del 0,4% y 0,7% en los dos trimestres siguientes, según los datos publicados el viernes por Eurostat.

Parece terminar así una debacle tremenda provocada en gran parte por la pésima gestión de las autoridades griegas desde la incorporación del país a la zona euro (en el año 2000). Pero también debida a la fatalidad de que Alemania decidiese dar un escarmiento a Grecia que ni ese país ni el resto de la zona euro olvidaría jamás. Una variable que Papandreu no previó.

“Vamos a dar una lección a los griegos. Nos han mentido (….) y les vamos a crujir”. Así describe Tim Geithner, secretario del Tesoro estadounidense, la posición europea tras su primer encuentro en febrero de 2010 con el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, según la transcripción de los textos previos a sus memorias a los que ha tenido acceso esta semana el diario Financial Times.

Geithner reconoce que ni siquiera él calculó el alcance de una venganza que en la versión definitiva de su libro califica como ”castigo bíblico”. Y mucho menos pensó que los europeos, liderados por Berlín, permitirían que el problema griego seguiría sacudiendo la economía del planeta durante durante tres años.

La UE había rescatado ya a algunos de sus socios con moneda propia como Hungría o Letonia, sin que el sistema financiero internacional sintiera apenas las repercusiones. Pero esta vez sería diferente. Ni Papandreu ni Geithner, ni la Comisión Europea ni el Eurogrupo (consejo de ministros de Economía de la zona euro) podían imaginar que Berlín aprovecharía la crisis griega con el doble objetivo de imponer disciplina a la periferia de la zona euro y para forzar la repatriación de una inversión volcada desde el comienzo de la zona euro en los lucrativos mercados inmobiliarios del sur en detrimento de una industria alemana con rendimientos más modestos.

El Gobierno de Angela Merkel abortó todas las iniciativas europeas para rescatar a Grecia en una operación que a principios de 2010 se cifra en poco más de 20.000 millones de euros. El retraso agravó el problema y propagó un virus que en la primavera de aquel año ya contagiaba a la península ibérica.

Hasta el mes de mayo de 2010 Alemania no aceptó intervenir. Pero lo supeditó a una operación tutelada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y financiada con préstamos bilaterales por parte de los socios de la zona euro, sin posibilidad de recurrir a fondos comunitarios.

La factura ya había empezado a elevarse y para cuando se concretó el plan alcanzaba los 110.000 millones de euros (80.000 millones con cargo a los socios europeos y 30.000 millones por cuenta del FMI). El mercado, además, exigía ya un cortafuego que garantizase el freno de la epidemia. Berlín aceptó a regañadientes pero impuso sus condiciones. Se crearía un Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, pero con una vigencia de solo tres años. Y a cambio, se exigió que España y Portugal iniciasen un plan de ajuste que, en poco más de un año, le costó el puesto al entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y que en el caso de Lisboa concluyó en un rescate como el de Grecia.

El modelo de actuación quedó fijado a partir de entonces. Cada céntimo de ayuda a la periferia de la zona euro llegaría a cambio de recortes salariales y reducción del gasto público. Cada negativa a seguir las instrucciones se castigaría con una tensión en los mercados de deuda alimentada a menudo por declaraciones de altos cargos del Gobierno alemán, como mostró un análisis del CEPS (Centre for European Policy Studies), un centro de estudios con sede en Bruselas.

“Necesitamos las primas de riesgo para que haya estímulos y castigos”, reconocía el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, en julio de 2011, cuando el fracaso del primer rescate de Grecia, que ya era evidente, colocaba a España e Italia contra las cuerdas. Solo lo evitó la intervención in extremis del Banco Central Europeo, comprando deuda pública de ambos países.

Grecia caía en barrena y la zona euro se veía obligada a preparar un segundo rescate que añadiría otros 130.000 millones de euros además de imponer una reestructuración de la deuda griega que fue aceptada por los tenedores del 95,7% de los bonos. Para el segundo rescate ya no se utilizaron los préstamos bilaterales sino el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, por lo que la deuda directa de Grecia con sus socios se quedó en 52.900 millones de euros, entre ellos, los 6.650 millones prestados por España

La transición del primer rescate al segundo provocaría el momento más grave de toda la crisis griega y de la historia de la zona euro. En un último e irreversible error de cálculo, Papandreu decidió someter a referéndum los términos del segundo rescate para poder imponer los ajustes y recortes con mayor legitimidad.

La idea enfureció a la canciller Angela Merkel y, sobre todo, al presidente francés, Nicolas Sarkozy, que citaron de inmediato a Papandreu en Cannes, donde se celebraba una reunión del G-20 bajo presidencia francesa. Era la noche del 2 de noviembre de 2011. Merkozy, como se conocía entonces al eje franco-alemán, formuló la amenaza definitiva: si el pueblo griego votaba en contra del rescate, el país tendría que abandonar la zona euro. El ultimátum, formulado al margen de cualquier ordenamiento jurídico, fulminó a Papandreu delante del silencio cómplice del presidente de la Comisión, José Manuel Barroso, y del del Consejo, Herman Van Rompuy. Ninguno de los dos objetó el plan de Merkozy que, de haberse consumado, hubiera iniciado un resquebrajamiento de la Unión Monetaria de imprevisibles consecuencias.

Tres años después de aquella noche de difuntos la integridad de la zona euro no parece en peligro, aunque fuentes financieras no la dan todavía por garantizada. El segundo rescate de Grecia concluye el próximo 31 de diciembre, pero el país sigue sin poder financiarse por sí mismo y nadie sabe cuándo ni cómo podrá devolver el cuarto de billón de euros que debe a la zona euro y al FMI.

El plazo medio de reembolso de los préstamos del FEEF ya supera los 32 años y la devolución de las últimas entregas se ha aplazado hasta 2053. Aun así, Atenas sobrevive en precario y, a falta de un tercer rescate, Bruselas quiere imponer al gobierno de Antonis Samaras una línea de crédito preventiva que pueda activarse en 2015 o 2016 si se produjera alguna nueva emergencia.

Samaras se resiste porque esa oferta prolongaría la supervisión de la troika (CE, BCE y FMI), odiada por buena parte de la población. Pero todo indica que la tutela europea se prolongará. Y aunque el castigo se suavice, parece difícil que sobreviva el gobierno de coalición de conservadores (ND) y socialistas (Pasok). La izquierda alternativa (Syriza) se prepara para tomar el relevo.

¿Han dado fruto los ajustes?

La Comisión Europea, como parte de la troika (junto al BCE y el FMI) se esfuerza por encontrar el lado positivo al castigo sufrido por Grecia durante los últimos cinco años, pero en sus informes más recientes (septiembre de 2014) reconoce que “todavía queda mucho por hacer” y que, en ciertos casos, las reformas anunciadas por el Gobierno griego no han pasado de ser un mero proyecto legislativo a pesar de que los dos partidos del Gobierno (Nueva Democracia y Pasok) cuentan con el número de escaños suficientes para aprobarlas.

Tras cinco años de ajuste y una reestructuración, la deuda griega supera todavía el 175% del PIB y parece difícilmente sostenible para un país que ha perdido el 25% de su PIB. La renta per cápita, que hace 10 años superaba la de todos los nuevos socios de la UE, ahora se encuentra ya por debajo de la de República Checa, Eslovenia, Chipre o Malta y va camino de ser superada por la mayoría de los países del antiguo bloque soviético.

El clima empresarial, según el Banco Mundial, ha mejorado, pero de momento Grecia solo parece atraer inversión china. Pekín, que ya controla el puerto del Pireo, estudia la posibilidad de convertir al país en plataforma de entrada para sus exportaciones hacia Europa.

El capital privado europeo, en cambio, salió despavorido tras la quita de 2012 y los bancos franceses y alemanes, principales tenedores de deuda antes de la crisis, han trasvasado casi todo el riesgo hacia los acreedores públicos (España y socios de la zona euro, el fondo de rescate, el BCE y el FMI).

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