España y Catalunya, necesitamos carpinteros

Debo confesarles que me produce una extraña sensación leer los periódicos y ver como cada fin de semana se va ensanchando un poquito más la zanja de las diferencias entre Catalunya y el resto de España.

Esta semana la sensación ha sido especial al coincidir, en el temprano AVE de Barcelona a Madrid, con la conversaciones de mis vecinos de vagón, que, por lo que dicen, unos iban a presentar un proyecto nuevo a su principal cliente y los otros acudían a una reunión que a las pocas horas tendría lugar en el Parador de Segovia con compañeros de varios provincias de su misma empresa multinacional.

Oía cómo comentaban las mismas noticias que yo estaba leyendo, las de cada lunes explicando los mítines y discursos del fin de semana, en los que cada uno resalta el valor de sus banderas mientras afirman que “no nos moverán”, y reclaman más madera, hablando de “choque de trenes” y advirtiendo desafiantes que ya se apartarán los otros porque “nosotros”, dicen, tenemos la Constitución y no se toca o porque nosotros tenemos la calle.

Una actualidad que algunos cronistas la describen como emocionante, e incluso divertida, pero que compruebo que mis vecinos, como yo, la viven con preocupación.

Zaragoza, mitad del viaje, y pensando ya más en la primera reunión de la mañana en Madrid que en la actualidad. Pero vuelvo a oír los comentarios de mis vecinos, llenos de sentido común, que expresan el temor a las fatales consecuencias para sus vidas si hay una mala resolución del conflicto.

Oigo y comparto cómo reclaman puentes y diálogo con argumentos que me recuerdan una breve historia (desconozco su autor o autora y por ello lamento no poder citarlo) muy utilizada por los profesionales de la negociación y mediación de conflictos.

La historia dice:

No hace mucho tiempo, dos hermanos que vivían en granjas adyacentes cayeron en un conflicto. Era el primer conflicto serio que tenían después de 40 años de cultivar sus parcelas juntas, hombro con hombro, compartiendo maquinaria e intercambiando cosechas y bienes en forma continua. Esta larga y beneficiosa colaboración terminó repentinamente. Comenzó con un pequeño malentendido que fue creciendo hasta llegar a ser una diferencia mayor entre ellos, hasta estallar en un intercambio de palabras amargas, seguido de semanas de silencio.

Una mañana, alguien llamó a la puerta de Luis, el mayor de los dos hermanos. Al abrir la puerta, encontró a un hombre con herramientas de carpintero.

– Estoy buscando trabajo para unos días –dijo el extraño–. Quizás usted requiera algunas pequeñas reparaciones en su granja y yo pueda serle de ayuda.

– Sí –dijo el mayor de los hermanos–, tengo un trabajo para usted. Mire al otro lado del arroyo, hacia aquella granja: ahí vive mi vecino, bueno es mi hermano menor. La semana pasada había una hermosa pradera entre nosotros y él tomó su bulldozer y desvió el cauce del arroyo para separar las fincas. Lo hizo, creo, para enfurecerme, pero le voy a hacer una mejor. ¿Ve usted aquella pila de desechos de madera junto al granero? Quiero que construya una cerca, una cerca de dos metros de alta, ¡no quiero verlo nunca más!

El carpintero respondió:

– Creo que comprendo la situación. Muéstreme dónde están los clavos y la pala para hacer los hoyos de los postes, y le entregaré un trabajo que le dejará satisfecho.

El hermano mayor ayudó al carpintero a reunir todos los materiales y dejó la granja por el resto del día para ir a por provisiones al pueblo.

El carpintero trabajó duro todo el día, midiendo, cortando, clavando…

Cerca del ocaso, cuando el granjero regresó, el carpintero justo había terminado su trabajo. El granjero quedó estupefacto, cayó su mandíbula…

No había ninguna cerca de dos metros. En su lugar había un puente que unía las dos granjas a través del arroyo. Era una preciosa obra de arte.

En ese momento, antes de que pudiera reaccionar, su vecino, su hermano menor, vino desde su granja y, abrazándole, le dijo:

¡Eres un gran tipo! Mira que construir este hermoso puente después de lo que he hecho y dicho.

Atocha, fin del viaje. Y entre los “hasta otra” y “ha sido un placer” nos deseamos suerte para que sobresalgan, aquí y allí, esos carpinteros que nos ayuden a construir los necesarios puentes con materiales resistentes, esos mismos materiales que son la base de los mejores estados federales de los que tanto podríamos aprender. Puentes de diálogo y política, aunque construirlos no sea tan emocionante y divertido como el fácil trabajo de levantar una cerca bien alta como falsa solución.

Joaquim González Muntadas es director de Ética de Organizaciones

Fuente: http://www.economiadigital.es/es/notices/2014/04/espana_y_catalunya_necesitamos_carpinteros_52702.php