En defensa del sindicalismo

En los tiempos actuales parece estar de moda el ataque contra el sindicalismo y los sindicalistas. Paradójicamente, dicho ataque se efectúa desde dos posiciones que podríamos considerar antagónicas: la derecha y sus medios y desde supuestas posiciones de la izquierda moderna.

Los ataques desde posiciones de la derecha parecen normales. Los sindicatos han sido un enemigo tradicional de sus intereses. Su ataque está particularmente centrado en presentarlos como organizaciones arcaicas, parasitarias y a sus liberados como elementos improductivos cuando no bronquistas. En resumen, dan una imagen negativa de lo que hoy, la derecha, considera totalmente innecesario y contraproducente para la modernización “y flexibilización” del mercado laboral.

Desde supuestas posiciones modernas y vinculadas, a veces, a los autodenominados “nuevos movimientos sociales”, se critica a los sindicatos y se los quiere vincular al stablishment tradiciona. Se les adjudica todos sus defectos, como que son anticuados, burocratizados, alejados de la realidad, poco representativos, etc. En definitiva, que son parte de un sistema que es preciso combatir y cambiar de raíz.

Creo que estas críticas son injustas. Es evidente que no lo hago desde un punto de vista neutral, sino de quien está, desde 1974 y continúa, vinculado al sindicalismo de clase que representa CCOO. Pese a ello, intentaré dar una visión lo más neutral posible.

Creo que el sindicalismo de clase, y en concreto CCOO, ha sido y es, un instrumento imprescindible para la defensa y protección de los intereses de los trabajadores. ¿En qué situación estarían muchos trabajadores en el momento actual si los sindicatos no existieran?

Es evidente que uno de los principales aspectos negativos de la reforma laboral ha sido reducir el papel de los sindicatos en aquello que les es más substancial. Es decir, en la negociación colectiva. La derecha, el PP –y también CIU–, saben que su enemigo principal en estos momentos es el sindicalismo y por eso lo convierten en objetivo. No sólo de sus actuaciones políticas y legislativas. También, de las administrativas mediante la reducción del número de representantes sindicales y liberados en las empresas públicas y mediante un ataque continuando desde los medios de comunicación afines.

Preguntémonos, por ejemplo: ¿Que sería de los trabajadores hoy sin los sindicatos? ¿Cómo se enfrentarían a los embates patronales? ¿Quién defendería sus derechos laborales y la negociación colectiva? ¿Quién los defendería y negociaría en su nombre en los numerosos ERE?  

A los que critican, desde posiciones supuestamente de izquierda, la actuación de los sindicatos; los que critican su supuesta pasividad en los momentos actuales, hace falta recordarles que los sindicatos no son más que los trabajadores organizados y que en estos momentos la movilización, en especial la huelga, es difícil porque en crisis como la actual, en un momento de precariedad ascendente, los trabajadores tienen miedo. El sindicato debe adaptar sus actuaciones a sus posibilidades y que permita la participación.

Es la razón que impide convocar, tal y como algunos querrían, huelgas generales un día sí y otro también. El sindicalismo responsable, en un momento como éste, de fuerte dificultad por los trabajadores, debe saber graduar y dosificar las movilizaciones por conseguir que sean un éxito. Y hace falta reconocer que quizás no ha habido huelgas generales últimamente, pero sí contínuas movilizaciones.

En muchos casos, el sindicalismo ha estado presente, pero sin querer asumir un papel protagonista. Potenciando la capitalización por otros, como es el caso de las mareas. En otros casos, la presencia se ha dado desde el inicio con el apoyo, sin ningún afán de protagonismo, a iniciativas nuevas como la de la PAH.

¿Alguien cree que habría sido posible la recogida de más de 1,5 millones de firmas de la ILP de la PAH sin la participación activa de los sindicatos
confederales que fueron los que hicieron una recogida mayoritaria? También ha sido el sindicalismo el primero en impulsar formas de movilización, todavía insuficientes y embrionarias, en el ámbito del conjunto de la UE.

Muchas veces se quiere cargar sobre las espaldas sindicales responsabilidades que no son las suyas. Los sindicatos no son, ni pueden ser, una alternativa al poder político establecido. Al contrario. En ocasiones, como la actual, años de luchas, reivindicaciones, y conquistas sindicales son eliminados por una ley aprobada en el Congreso, como ha sido el caso de la reforma laboral o la de pensiones.

Hace falta tener en cuenta que una cosa es la lucha sindical de defensa de los intereses de la clase trabajadora y otra, la necesidad de una alternativa política de izquierdas que muchas veces o no se ve o no se acaba de concretar.

Desde el inicio de la etapa democrática, el sindicalismo ha sido el hermano pobre del sistema. Como dijo acertadamente Marcelino Camacho “la democracia se ha quedado a la puerta de las empresas”. Así, los sindicatos no han tenido el suficiente apoyo público,institucional o financiero para ejercer su función. Al contrario que los partidos, por ejemplo, nunca han disfrutado de financiación pública estable y suficiente.

En el estado español se da la anomalía de que los sindicatos tienen unas amplias funciones como negociar las condiciones del conjunto de los trabajadores. Pero sólo reciben las cuotas de sus afiliados. El sindicalismo estatal parte de la legitimidad que le dan las elecciones internas, con una fuerte participación de trabajadores y trabajadoras, que escogen más de 300.000 delegados sindicales. De ellos, más del 70% son de CCOO y UGT. Y se debe precisar que los representantes de los trabajadores están diariamente vinculados a sus representados. El sistema garantiza la representatividad sindical, pero desincentiva la afiliación.

Los datos demuestran que el sindicalismo en España, en comparación con la media europea, tiene el doble de representatividad con la mitad de los recursos, consiguiendo dar cobertura y representación al 57,1% de las empresas. (Estudio de la Fundación 1 de Mayo de CCOO La representación de los trabajadores en la Unión Europea y España, según datos de la Encuesta Europea de Empresas elaborada por Eurofound de la UE).

Una característica del sindicalismo de nuestro país es la solidaridad de la actuación sindical intersectorial. Como es normal, la fuerza sindical radica en las grandes empresas y sectores. El sindicalismo de clase se nutre de cuadros provenientes de grandes empresas y sectores o del sector público, que hacen su función en las estructuras generales del sindicato o extendiéndolo en empresas o sectores más débiles.

La mayoría de los sindicalistas liberados, dentro las empresas o que actúan fuera de ellas, en otros sectores, o en las estructuras, acumulan horas sindicales, derivados de los bancos de horas del conjunto de los delegados, establecidos por acuerdos en empresas o sectores. Evidentemente, no hace falta negar que también hay un cierto número de sindicalistas asalariados sin empresas de referencia.

Es así como a  la representatividad sindical en el Estado es de un 57,1%, una de las más altas de Europa. Por sectores, es más elevada en el sector industrial 60,3% que en el de servicios 55,5%. Por dimensión de las empresas, las que tienen entre 10-49 trabajadores, la representación es del 52,8%; entre 50 y 249 trabajadores es del 81,5%; y en las empresas de más de 250 trabajadores es del 93,3%.

Es evidente que la contradicción entre representatividad (los sindicatos como CCOO, pese a tener más de un millón de afiliados, negocian en el ámbito superior a la empresa 914 convenios sectoriales que afectan a 7.729.700 trabajadores) y la propia afiliación comporta graves problemas de financiación.

Los sindicatos se financian básicamente de las cuotas de sus afiliados, de unas reducidas subvenciones institucionales y de ingresos derivados de servicios que se prestan como los jurídicos y, durante unos años, los derivados de la formación. Hace falta destacar que en otros países se ha establecido un canon sindical por tal de que los no afiliados puedan disfrutar de las mejoras obtenidas en los convenios. Con esta financiación los sindicatos deben hacer frente a gastos derivados de su función representativa e institucional. La misma que comporta recursos técnicos y humanos (informática, jurídicos-económicos, infraestructuras informáticas, mantenimiento y adecuación de locales etc..).

Y es evidente que son un ingresos muy sometidos a los avatares de la situación política y económica. Actualmente, con la crisis y las políticas de los gobiernos del PP, todas las fuentes de ingresos se han visto afectadas negativamente, lo que ha obligado a reajustar sus gastos. Pese al coste, que todo esto ha comportado, no se puede dudar de que puede permitir un cierto regreso a la austeridad tradicional del mundo sindical.

Hace falta reivindicar una ley de financiación sindical, para que cumpla su “rol” constitucional. Debe establecer unos criterios claros de financiación. Y la prioridad debe ser las aportaciones de los afiliados y los trabajadores, pero también las aportaciones públicas, con mecanismos de control de los fondos públicos, y con más transparencia. El sindicalismo en este país ha huido de la profesionalización. En el caso de CCOO habrá un intento de caminar en ese sentido, ya iniciado por Ignacio Fernández Toxo. Esa fue una de las causas, el resistirse a ese hecho, de la derrota de Fidalgo. 

No se puede finalizar un análisis de lo que ha sido y es el sindicalismo de clase en nuestro país sin tener en cuenta el papel de los afiliados sindicales y los sindicalistas. Los afiliados son el ‘pal de paller’ del sindicato. Todo el papel del sindicato como interlocutor de las empresas, como pilar de la negociación colectiva y de la concertación social no se puede disociar de la figura del afiliado. Así como los beneficios de la actividad sindical se aplican de forma universal, los costes son asumidos por sus afiliados. Además, está el hecho de que la afiliación todavía es mal vista por parte de muchas direcciones empresariales, que incluso son beligerantes.

En este sentido sería necesario que fuera reconocido este papel del afiliado sindical, que aporta en todo caso su financiación, pero que también es, en muchas ocasiones, los ojos y las orejas del sindicato en los centros de trabajo. El mismo reconocimiento haría falta para todos aquellos sindicalistas que en la mayoría de los casos hacen su función representativa de forma ejemplar, no exenta de quebraderos de cabeza y de incomprensiones, y que incluso le comportan perjuicios económicos y profesionales en su vida laboral.

Creo que la trayectoria del sindicalismo de nuestro país, de sus afiliados, y de sus sindicalistas se merece que la izquierda política y los movimientos sociales le ofrezcan su reconocimiento, en estos momentos, ante los ataques previsibles de sus enemigos de la derecha política económica y mediática. Y hace falta que la izquierda política y social, y que los “nuevos movimientos sociales” tiendan la mano al sindicalismo, le reconozcan el papel que ha jugado y juega, y que le acompañen en los necesarios procesos de renovación que llevan a cabo


*Manel García Biel es miembro de la Comisión de Control Confederal de CCOO.

Fuente: http://www.economiadigital.es/es/notices/2014/03/en_defensa_del_sindicalismo_51617.php