Ucrania, vértigo y radicalismo

Lo viejo deja paso a lo nuevo, pero lo nuevo no nace. Las viejas oligarquías controlan y mueven hilos y resortes. En Ucrania no ha habido una revolución, tampoco una involución. Un estadio más de un descontento y una lucha popular y callejera que como hace una década enarboló una tímida revolución naranja pero que ha acabado fracasando y dormitando en un regazo de corrupción y nepotismo de las élites políticas y económicas. Pero sí una fuerte oposición tiznada de radicalismo, nacionalismo, descontento, juventud y hastío ante la situación, y una parte de los partidos que se oponían a Yanukóvich.

Todo se ha precipitado, todo se sucede a velocidad de vértigo. La calle derribó a un régimen, pero solo a un rostro. Su fuerza es y será limitada, y su iniciativa, su empuje, su pundonor, su coraje pronto será reemplazado por el discurso y los acuerdos entre políticos que representan lo de siempre. Los adoquines siguen y seguirán manchados de sangre. Pero esta se diluirá, como también el vértigo de estos días. El olvido llegará entre vientos de silencio y primaveras rotas. Lo veremos. Ya lo vivió Ucrania. Yuschenko emergió en aquel entonces para derrotar a Yanukóvich, pero este acabó ganando años después. Lo viejo siguió instalado en lugar de lo nuevo.

¿Quién ha ganado en Kiev? Es la gran pregunta. ¿Cuál es el sentir de todo el país? Todo depende de Moscú

Muchos lo interpretarán como un simple cambio de líderes, de caras, de promesas. Todo seguirá igual. ¿Quién ha ganado en Kiev? Es la gran pregunta. Como también la incertidumbre de lo que sucederá en las próximas semanas. De golpe, en la Rada, el presidente es destituido. Este huye y reclama su presidencia. Horas antes aún era apoyado por los suyos, que cínicamente van desertando. Pero, ¿cuál es el sentir de todo el país? No puede ignorarse el núcleo fuertemente rusófono al este y al sur de Ucrania. Qué decir igualmente de la mítica Crimea, la región más rusa del país y aliada natural de Moscú. Qué decir de Sebastopol, el puerto de la flota rusa.

Los hechos se precipitan por momentos. La sensación de vacío y falta de estabilidad está latente a cada instante. Todo puede pasar, y todo depende del tacticismo de Moscú, de Washington y, en una ínfima medida, de la UE, que de nuevo no ha sabido estar a la altura de lo exigido entre dudas y torpezas varias. Todo puede suceder, desde la propia fractura del país hasta una violencia descontrolada entre partidarios de unos y otros. Caído el presidente, corrupto y brutal en actitudes y represión, abandonado y derrotado también por los suyos, aunque solo por los votos en la Rada, otros pueden tratar de ocupar su discurso y su inflexible apoyo y subordinación hacia Rusia.

Incertidumbre en las calles, en el Parlamento, en el poder. Incertidumbre ante el radicalismo que la ultraderecha y el nacionalismo más irreverente acaban de escenificar. Han estado y dominado las calles. Caído el régimen falsa y tímidamente democrático en las formas, nada asegura que las lecciones se hayan aprendido. Timoschenko, por el momento, renuncia a ser primera ministra. Excarcelada y enferma, no abandera ni significa ni trae lo nuevo, sino parte de un sistema corrupto y decadente. Los hilos los mueve ahora mismo su segundo, Turchínov, que ocupa un poder sin legitimación clara. Estabilidad ante la debilidad, apariencia de legalidad ante la falta de legitimidad. Qué hará y qué pasos adoptará Moscú son ahora mismo la incógnita, la que marcará el futuro inmediato de Ucrania. Aumenta la tensión la decisión del Parlamento de Crimea de celebrar un referéndum, el próximo 25 de mayo, para ampliar la autonomía de esta república ucraniana con mayoría de población rusohablante.

La calle es tan incontrolable como los pasillos de la política. Puede serlo aún más

El detonante de lo sucedido en Kiev fue el portazo a un acercamiento de asociación con la UE y la rendición ante el Kremlin, que controla y bloquea las importaciones ucranianas y la llave del gas en el terrible invierno ucraniano. Pero por debajo late el descontento, el cansancio, el hartazgo ante la corrupción, la pobreza, la crisis. Rusia quiere resucitar su viejo poder, más de 20 años después de desmembrarse la Unión Soviética, Moscú irradia poder, quiere poder, atrapa poder y devora poder. Ucrania es una pieza clave. Cerrar una unión euroasiática sin Kiev es una espina que debilitaría las pretensiones de Rusia. Si bascula hacia Bruselas, las alarmas rusas saltan, su pérdida de poder e influencia sería letal para sus aspiraciones. No importa el precio que paguen los ucranianos. Ni su corrupta clase política, a buen recaudo. Siempre ha sido así. Siempre será así mientras las sociedades civiles claudiquen de sí mismas y miren hacia el lado de la indiferencia. Demasiadas décadas atrapadas en la red nihilista y destructiva del comunismo.

A diferencia de 2004, ya no se trata de repetir unos comicios usurpados y manipulados. Se trata de algo más. Un descontento generalizado en una parte del país y de la sociedad. La de una sociedad vigilada y un Estado vigilante y postrado a los intereses de Rusia. Un país fracturado. Un país que necesita cicatrizar su pasado. Barricadas en el centro de Kiev. Líderes aparentes que surgen desde las calles, el sentir popular, pero sin proyección alguna. Discursos peligrosos e ideas contrapuestas. Eslóganes de ayer y de hoy.

Viejos y nuevos lemas. Misma historia. Pero en las calles de Kiev, en la plaza de la Independencia, se libra una batalla mayor. La del poder regional. La de un férreo autoritarismo y de influencia que recoge los fríos rescoldos de la guerra fría. La de erigir una zona de influencia y cohesión que se contraponga a Bruselas y la Europa Occidental. Moscú no tolerará un jaque en lo que considera su viejo y natural espacio de influencia y dominación. Ha caído su alfil, un Gobierno títere y sumiso a sus intereses de mano de un hombre aparentemente de acero y resistencia, Yanukóvich. Veremos qué hace y cómo juega sus cartas. La calle es tan incontrolable como los pasillos de la política. Puede serlo aún más. Las cartas están boca arriba. El futuro se debate entre la sensación de vértigo y la probabilidad de alcanzar por vez primera libertad y democracia.

Abel Veiga Copo es profesor de Derecho mercantil de Icade.

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