Todo por evitar una recaída en la economía

La semana arrancó y terminó con un apreciable susto en los mercados bursátiles de todo el mundo, ambos como consecuencia de los acontecimientos que en el este europeo está generando el vuelco revolucionario del poder en Ucrania. Si el lunes las cotizaciones se resintieron por la posibilidad de una ocupación militar de la provincia estratégica de Crimea por parte de Rusia, descartada el martes por el presidente Vladimir Putin, cerraron la jornada del viernes con un nuevo revés por las advertencias de las compañías energéticas que suministran a Ucrania de que cortarían el grifo si Kiev no hace frente a sus pagos, ya retrasados.

Aunque los mercados han resuelto la semana con una ligera subida de la Bolsa española (la alemana ha encajado un apreciable recorte de precios de las acciones) y mejoras significativas de la deuda periférica europea (la prima de riesgo de España ha descendido por debajo de los 180 puntos básicos tanto por la mejora del bono español como por la subida de los tipos del alemán), el riesgo geopolítico sigue vigente y una temporada larga sin resolverse puede echar el freno a la recuperación económica de Europa con una subida de los precios de las materias primas, una guerra comercial con epicentro en la energía y una corrección no justificada por fundamentales en los precios de los activos en la zona euro e incluso en Estados Unidos.

Y eso es precisamente lo que hay que evitar, ese debe ser el primer mandamiento de la diplomacia política en las próximas jornadas. La salida de la mayor crisis financiera de los últimos 80 años no puede ser anegada por un conflicto tan localizado como el ucraniano, aunque no haya que restarle importancia a lo que allí ha pasado y lo que puede resultar aún, puesto que es una de las zonas más calientes (políticamente hablando) del planeta y epicentro desgraciado de acontecimientos del pasado.

Cierto es que no ha pasado un día desde que Rusia decidió intervenir en el asunto sin que se haya dialogado vía telefónica entre Washington y Moscú, y presencialmente en Madrid, París, Kiev o Bruselas. Pero las decisiones políticas locales siguen su curso como si nadie escuchase a nadie, y el riesgo de prolongar y engordar el conflicto es evidente. Aunque las sanciones económicas anunciadas por Estados Unidos y Europa contra Rusia son puramente nominales, se entra lentamente en una cadena de agravios que termina constituyendo una auténtica guerra comercial, en la que todas las partes terminan siendo víctimas, pero unas más que otras. Lógicamente, Rusia necesita vender su petróleo y su gas, dado que tiene una economía de poco más que monocultivo; pero la dependencia europea de la energía procedente del Este llega a niveles muy elevados, y una paralización de los intercambios mete a la economía mundial, pero a la europea con mucho más rigor, en una crisis de producción y de precios, con una contracción de la demanda que al final se traduce en pérdidas de empleo y de renta para la ciudadanía.

El presidente de Rusia advertía a principios de la semana del efecto recíproco de cuantas decisiones penalizadoras se tomasen tanto en Occidente como en Moscú. Lo ideal, en tal caso, es que las aguas vuelvan a su cauce respetando cuantas iniciativas hayan sido tomadas de forma democrática y sin presiones de nadie, para evitar así cualquier medida de castigo con carácter económico. Mientras tal solución llega, los inversores, que han demostrado durante la semana su apetito por adquirir activos en Europa ante la evidencia de que la recuperación toma cuerpo (lo admite hasta el BCE), tienen pocas más opciones que refugiarse en instrumentos seguros.

Las empresas energéticas, el tradicional brillo del oro y otros metales preciosos, la deuda más sólida tanto de Estados como de empresas o los depósitos tradicionales son la decisión más sensata ante estos impasses volátiles del mercado, que seguramente están ya absorbidos como algo estructural por los inversores. Pero el dinero, nervioso como es ante el más mínimo temor de inestabilidad, necesita seguridad y sosiego tras la media docena larga de años de sobresaltos proporcionada por la crisis financiera.

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