El último hurra

El Gobierno, solo de macroeconomía; la oposición, solo de microeconomía. Los ciudadanos, sufrimiento doble. Dos Españas imperecederas y así nos va, como muestra el estado de la nación del 25 de febrero, que vencido el ecuador de la legislatura de la recesión, probablemente quede en los anales del Congreso de los Diputados como la antesala de tiempos aún más convulsos para el conjunto de la sociedad española, cuyo espejo refleja ya una realidad cuarteada, y de ello da muestras alguien tan autorizado como el Banco de España al señalar que los salarios bajaron en 2012 el doble de la cifra oficializada por el presidente del Gobierno en sede parlamentaria. Mentir, exagerar, maquillar, eufemizar, entre otros, son registros que gozan de acomodo en el marketing político, adonde permanecen enrocados, a la espera de ser útiles a cualquier causa que exija huir hacia delante, obviando la credibilidad como filosofía discursiva.

Mentir, exagerar, maquillar, ‘eufemizar’, son registros que gozan de acomodo en el marketing político

Es verdad que la gestión de estas artes se nota más en unos portavoces que en otros, aunque tanto da cuando la escenificación se predefine pensando solo en las audiencias cautivas. El espectáculo ofrecido sobre todo el primer día del debate –los partidos minoritarios intervienen de forma residual al día siguiente– tuvo más de trabajo fin de máster en Marketing Político que de duelo de estadistas, cuyo único compromiso aceptable hoy pasa por encontrar soluciones palpables para cinco millones de desempleados; también para otros seis millones de pymes y autónomos que no ven modo de acceder a la financiación que necesitan sus proyectos para sobrevivir. Estas cifras suponen la cuarta parte de una población de 44 millones de ciudadanos y ampliadas a sus entornos familiares, pueden llegar al 50% del censo.

Con estos ratios, un empresario profesional pasaría de inmediato a la acción. Lo primero, un diagnóstico detallado y descarnado de los daños inferidos por la crisis a su organización, como único método fiable para arbitrar soluciones. Después se emplearía a fondo para frenar la deriva hacia la quiebra técnica del proyecto con el que está comprometido, y en este empeño no tendría margen para la mentira, la exageración o el malandrineo. No podría recurrir a las argucias del marketing político que aboga por el “todo vale para sobrevivir electoralmente”, pero sí a soluciones de comunicación estratégica, cuyos retornos de éxito solo pueden ser construidos con transparencia y credibilidad.

Ejecutado con eficiencia, el marketing político es buen mascarón de proa para llevar a puerto la convergencia entre economía y política, posiblemente el único nudo gordiano que no conviene cortar con hachazo. En este contexto, y con el único ánimo de aportar, permítanme aludir al filme The Last Hurrah (El último hurra), dirigida por John Ford, en la que Spencer Tracy encarna la figura de Frank Skeffington, viejo alcalde irlandés que se enfrenta a la reelección contra un inepto y joven rival apoyado por los sectores más conservadores e influyentes de la comunidad. Querido y temido por sus métodos heterodoxos, Skeffington utiliza el marketing político para fundir la macro con la microeconomía en favor de los intereses generales de la ciudad con la que está comprometido; conoce por su nombre a la mayoría de conciudadanos y les escucha hasta encontrar bases de consenso antes de actuar. Aun así, debo advertirles que no se parece mucho a El lobo de Wall Street y además está en blanco y negro, en clara metáfora de democracia participativa. Qué le vamos hacer.

Dudo mucho que el último estado de la nación haya sido percibido por los ciudadanos como una representación profesional”

Dudo mucho que el último estado de la nación haya sido percibido por los ciudadanos –fuera de intereses mediáticos y claques partidistas– como una representación profesional de esas que el plantel de actores en su conjunto tiene conciencia de su público y se deja la piel por agradarle. Me inclino a pensar que en el escenario de la carrera de San Jerónimo se ha proyectado de nuevo una competición entre tenores y sopranos, a ver quién grita más alto, en busca del aplauso fácil, satisfechos de sus roles democráticos y sin llegar a entender que la realidad de la calle –experta en encajar sacrificios colectivos– les demandan soluciones urgentes en los planos más dramáticos y menos vistosos de la economía.

Nadie se apartó una micra del discurso preparado como inicio de campaña electoral y quizás por ello no haya ganadores objetivos. Nadie gana cuando una herramienta democrática de primera magnitud se pervierte y escamotea una visión creíble del verdadero estado del arte de la recesión y sus consecuencias. Del debate político que vertebra el estado de la nación se espera algo más. Respuestas concretas a problemas latentes. Los juegos florales gustan y también la tarifa plana de los 100 euros, buen ejemplo efectista digno de una ministra a la que no se conoce vida laboral fuera de la política. ¿Sabrá que las letras del alfabeto guardan un orden, donde la T de trabajo va después de la F de financiación?

A este paso, quizás debamos prepararnos para entonar en la próxima cita del estado de la nación un hurra de despedida a una generación de políticos abducidos por la estirpe macroeconómica; a una generación de políticos que no alcanzan a entender que en el mundo global la sociedad de castas está abocada al fracaso, a veces sangriento. Basta con mirar a Ucrania como último episodio. Porque en un mundo global, hasta las democracias creadoras de riqueza se sostienen por los votos de los ciudadanos, tanto desempleados como si pronuncian de corrido las palabras macroeconomía y microeconomía. Ojalá que el próximo debate del estado de la nación utilice el marketing político en mayúsculas. O eso, o al cine.

Jesús Parralejo Agudo es presidente Ejecutivo de Consulting360.

Fuente: http://com.cincodias.feedsportal.com/c/33500/f/624601/s/395b0cfb/sc/42/l/0Lcincodias0N0Ccincodias0C20A140C0A40C140Ceconomia0C13974937280I1689290Bhtml/story01.htm