Deuda, deuda y más deuda

Un aspecto que constituye en la actualidad una evidente preocupación, es el referente al endeudamiento. Los individuos, las familias, las empresas y los Estados por diferentes motivos se endeudan y a menudo se olvida, especialmente cuando lo hacen los Estados, que las deudas hay que amortizarlas, hay que devolver el dinero recibido. Y para conseguirlo hay que generarlo. El Estado habitualmente lo consigue a través de los impuestos o lo que es peor, emitiendo nueva deuda para pagar la que vence.

Vivimos con la intranquilidad de que en algún momento ocurrirá esto y por ello, el endeudamiento estatal debe ser motivo de inquietud, que aumentará en la medida en que la deuda se eleve y alcance límites preocupantes.

Para tener una idea de la dimensión del endeudamiento, este suele medirse comparándolo con el PIB. Es interesante recordar que el PIB mide el valor total de la producción de bienes y servicios de un país en un determinado periodo, generalmente el año natural. Se considera el valor final, no los valores intermedios de lo producido, bien como flujo de gasto (es decir consumo, inversión, gasto y saldo de las exportaciones restando las importaciones) o bien como flujo de renta (suma de salarios, alquileres, intereses, depreciación, beneficios y saldo impositivo sin subsidios). La comparación por tanto resulta oportuna porque nos viene a decir lo que un Estado debe, comparándolo con lo que es capaz de producir.

No parece muy aventurado señalar que la deuda de España alcanzará en 2015 el 100% del PIB

Si nos acercamos a los datos disponibles que permitan una comparación y que actualmente se refieren a 2012, resulta que países como Japón (230,31%), Italia (127%), Portugal (124,10%) y Estados Unidos (102,73%) superan en endeudamiento lo que son capaces de producir y otros muchos, entre ellos España, se acercan peligrosamente a la cota del 100% (93,7% en 2013). No parece muy aventurado señalar que la deuda de España alcanzará en 2015 el 100% del PIB.

Resulta interesante observar cómo al relajarse las tensiones internacionales, durante la crisis económica, y acomodarse las economías en unos tipos de interés bajos, las emisiones de deuda pública de los Estados se van cubriendo con pocos sobresaltos e importantes volúmenes. Y ello provoca la satisfacción general de muchos, entre ellos la clase política, pero pocos recuerdan que el endeudamiento alcanza cifras difícilmente soportables.

La deuda genera por otra parte intereses, lo que conocemos como la carga de la deuda, que hay que pagar, y a menudo los Estados se ven abocados a emitir nueva deuda para el pago de los intereses. Algunas cifras en nuestro caso nos pueden ilustrar sobre la importancia de este tema. En 2008 se pagaban en España un poco más de 14.000 millones de euros por este concepto y se espera cerrar 2013 por encima de los 31.000 millones de euros.

Durante 2014 el objetivo del Tesoro español es captar nada más y nada menos que 240.000 millones de euros a través de los diversos instrumentos de que dispone. Parte de esas emisiones van destinadas a procurar los recursos que se precisan para las amortizaciones de deuda que vencen en este año.

También el sector privado de la economía, individuos, familias y empresas mantienen unos niveles de endeudamiento muy elevados. Los bancos son los receptores últimos de los desajustes en las economías de los colectivos apuntados. La alta tasa de morosidad se refleja en muchas entidades financieras y las cifras de paro no contribuyen precisamente a aliviar el problema. Tampoco debe olvidarse que el endeudamiento estructural suele ser un freno a la demanda de bienes y servicios con su consiguiente efecto negativo sobre los niveles de producción y empleo.

El dinero que se obtiene por la emisión de deuda se puede dedicar a varias actuaciones. Resumiendo, se puede invertir o se puede gastar. Sobre el peligro del gasto improductivo no vamos a seguir incidiendo, nos llevará por el mal camino, pero sobre la inversión conviene también plantear algunas reservas. Las inversiones productivas, desde el punto de vista económico y desde la óptica social, permiten obtener buenos réditos a futuro. Habrá que ser muy selectivos con la inversión pública, porque pueden acometerse actuaciones equivocadas al no orientarse a facilitar infraestructuras que produzcan mejoras de competitividad beneficiosas para las empresas, individuos y familias.

Se necesitan más contribuyentes y para ello hay que crear empleo y a ser posible de calidad

Los inversores en deuda, por su parte, viven con la amenaza de que en algún momento la situación revierta en la falta de pago de intereses o posibles quitas, lo que acarrearía pérdidas en su patrimonio. Algunos de ellos respaldan, por ejemplo, con estas inversiones la cobertura de pensiones privadas y parte de la deuda puede estar también protegiendo el sistema de pensiones públicas. Temas evidentemente muy sensibles. Otros perjudicados pueden ser los bancos que atesoran importantes cantidades de deuda.

Tal y como están las cosas, se precisa crecimiento económico para poder afrontar la deuda y su carga. Se necesitan más contribuyentes y para ello hay que crear empleo y a ser posible de calidad. Que las empresas actuales y las que se constituyan faciliten empleo que proporcione a las arcas del Estado, vía impuestos, fondos suficientes para nutrir las necesidades financieras de la economía en general y de Seguridad Social y de la Hacienda Pública en particular. Pero parece difícil crecer sin un adecuado ajuste fiscal que incentive el proceso inversor, lo cual puede resultar contradictorio, pero en la medida en que la carga impositiva no resulte excesiva se generarán más ingresos. Impuestos más bajos sobre una base de impositores más amplia es una buena estrategia.

La deuda actual y las perspectivas nada halagüeñas invitan a compadecernos de las futuras generaciones, porque van a heredar una deuda exagerada y unos intereses a pagar más elevados que los actuales, en la medida en que los tipos de interés suban en el futuro. Los gobiernos deben realizar un importante ajuste del gasto y tomarse muy en serio la reducción del déficit, optimizar los recursos y generar ilusión en la sociedad para que afronte con éxito el futuro que se aproxima, con iniciativas interesantes y con una visión de futuro positiva pero basada en una realidad sólida.

Cecilio Moral es catedrático de Economía Financiera de Icade.

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