Coste laboral, competitividad y empleo

La evolución de los costes laborales se ha desenvuelto en los tres últimos años en una horquilla que bien puede considerarse moderación salarial, ese concepto acuñado, pactado y practicado en la transición política y económica que facilitó la convivencia del avance del empleo y de los excedentes, en un clima de muy aceptable paz sociolaboral. Desde la segunda mitad de 2012 el comportamiento de los salarios nominales ha estado oscilando entre el cero y el uno por ciento, con una muy buena parte de las actividades económicas en tasa negativa. Y la primera consecuencia de este aplanamiento de los costes laborales, a los que las empresas han estado abocadas para hacer frente a sus problemas de demanda, ha sido la recomposición de la posición competitiva de las empresas; en el mercado interior y en el exterior, en los que se habían perdido cuotas de participación muy notables como consecuencia de una espiral inflacionista experimentada en los costes desde la introducción del euro en España.

El funcionamiento del mercado de trabajo como un auténtico mercado, al menos en lo que se refiere a la determinación de los salarios, ha propiciado una intensa devaluación interna de costes que sustituyese a la otrora celebrada y hoy desterrada devaluación de la moneda, y ha servido para frenar primero la destrucción de empleo y recomponer las plantillas después, aunque en muchos sectores no ha llegado aún el momento de tal recomposición. A los cambios normativos que han flexibilizado los ajustes de costes de las empresas, que han echado mano en buena parte de rebajas de los costes laborales individuales para lograr los colectivos sin recurrir al recorte de plantillas, se ha sumado la sofocante presión de una larga crisis, que ha empujado a los actores del mercado a aceptar condiciones bien diferentes a las previas a la recesión. Pero de la mano de la competitividad recompuesta de las empresas ha llegado también la generación del empleo, incipiente todavía en cantidad y en calidad, pero que es el fin último de toda política económica responsable.

Tres años de control estricto de los salarios no son suficientes para recomponer plenamente la salud del mercado de trabajo y la competitividad de la economía, puesto que otros países se mueven a la misma velocidad o parecida a la de España, y porque los desequilibrios acumulados por la economía española eran de una exuberancia desconocida por una década de crecimiento desaforado del crédito, de la deuda, de los precios y de los costes. La sociedad no puede admitir otra vuelta de tuerca con reducciones de costes, pero si debe encadenar al menos otro trienio de moderación salarial, que con inflación cero puede proporcionar mayor poder adquisitivo, para consolidar la recuperación iniciada y trasladarla al empleo, la mejor fórmula para redistribuir la riqueza generada.

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